jueves, 23 de febrero de 2012

Crónica: Viaje y Vida




El verde de los árboles que iban al contrario de la dirección de mi auto era más esperanzador que nunca.  Creo que no hubo ningún tipo de problema, el hecho de que nuestro trayecto se hiciera en automóvil, es más, considero que los viajes por tierra deberían ser los únicos considerados como paseos. Porque es la naturaleza lo que extrae todas las cosas malas de ti, y las convierte en lo más mínimo e insignificante que podría dar vueltas por tu cabeza. Desde la noche previa a la salida, mis viajes comienzan. Todo inicia con una seria e impredecible cantidad de efluvios de alegría y ansias, el hecho de que el viaje sea todo un hecho, y no haya discusión alguna de su realización, es lo que da pie para que sea un emotivo momento en mi vida. ¿Ridículo? No lo creo, es un alma de niño que sigue siendo constante en muchas cosas, y que una de ellas es aprender a disfrutar un viaje.
Corría quizá el año 1992, y las dificultades de una posible pérdida del bebé eran más grandes. El médico obstetra era quien más dudoso estaba, y hacía recomendaciones a la Señora Nelly Ramírez, quien esperaba a su segundo hijo. El papá del posible y futuro segundo varón de la familia, Danilo Panqueva, aguardaba fuera de la sala de preparación para partos. La clínica La Magdalena recibió a este par de esposos con la esperanza de que su segundo fruto naciera sano y sin ningún tipo de inconveniente.
Era medio día pasado ya, los dolores de las contracciones no se hicieron esperar, el día había llegado, un jueves 19 de marzo, después de un grandioso esfuerzo por parte de Nelly, con más de hora y media de trabajo de parto, siendo la 4:00 pm, Camilo Andrés Panqueva Ramírez nació, bajo el signo de piscis, el día de San José. Así es, nací yo, en una familia promedio de Bogotá, con esfuerzos, temores, y mucho amor. El nombre estuvo un poco “embolatado” dirían por ahí. Mi abuelo materno, José Antonio Ramírez Aguilar, insistió hasta el cansancio que mi nombre estuviera compuesto por el nombre José, obviamente por ser santoral el 19 de marzo, lucha que fue en vano pues gano la fuerza revolucionaria de un Camilo Torres que había tenido auge enormemente desde los 40’s hasta los 70’s y que seguía siendo uno de los personajes más importantes en la historia moderna colombiana.
A la sala de reposo y recuperación, en la que se encontraba exhausta y agotada Nelly, mi madre, llegó un pequeño de apenas cuatro años y unos cuantos meses, enojado, preocupado y muy prevenido, sus causas yacían en el momento en que desde la sala de espera, mientras Mamá sufría dándome a luz, escucho de ella misma infinidad de gritos que evocaba constantemente, él decía que yo la había hecho sufrir y gritar y por esa razón, aunque por cierta que fuera, no me quería ver. Llevaba tan pocos minutos de estar viviendo en el planeta y mi hermano no quería ni verme.
Tal vez la etapa de rechazo que Diego, mi hermano, había tomado contra mí, había sido opacada por la actitud de hermano mayor que ahora ejercía con superior fuerza que antes. Las peleas que tanto se proyectan en Hollywood, entre hermanos, había sido más que una simple película, recuerdo hoy, pues era tan inevitable que por cosas simples, él y yo, termináramos agarrados, ofendiéndonos y finalmente llevando la ira a los golpes.
 -Qué insensibles éramos- me dije a mi mismo justo en el momento en que él tomaba sus pesadas maletas, y tomaba un nuevo rumbo a su nueva vida. El frío de la madrugada no ayudaba en lo más mínimo, ya era Julio del 2009, y un avión esperaba por él y por cientos de personas más que abordarían a las 6:08am  el vuelo TA 130,  que lo llevaría a la ciudad más europea en Latinoamérica: Buenos Aires. Y de pronto, todos los recuerdos de odio y de iras se fueron al traste de la basura, y se hundieron en un profundo deseo de angustia. Mi hermano mayor se iba de la casa, y eso volcó parte de mi vida, giró la vida de muchas personas, mis padres derrotados en la batalla donde sus hijos quieren vivir y ellos les abren paso para que alcen vuelo, pero que internamente lo impedirían a toda costa si pudieran, y por supuesto, derrotado yo también; No todos los viajes me han dejado satisfecho, quizá éste y otro viaje más, han sido más taciturnos que esperanzadores –¿Cómo negarle una lágrima a un hermano que se va?-
De pronto, me vi, recorriendo ciudades, pueblos, y paisajes, incontables kilómetros, miles de recuerdos, más de 900 fotografías, cientos de personas a mi lado y un solo fin, viajar.
El mar se hizo notar, la carretera a lo lejos producía un efecto visual sobre el pavimento, lo que popularmente conocemos como espejismo o la simulación de un oasis, la tarde ardía a unos 39 grados centígrados, el sol hacía de las suyas sobre cualquier superficie que no estuviera bajo la sombra, una casa humilde al costado izquierdo de la carretera desvió mi mirada, y mientras observaba esa morada de pocos metros, las voces de mi madre Nelly, y mi papá Danilo, se dedicaban a avisarnos que frente a nosotros se encontraba lo que tanto deseábamos conocer, el mar. Los dolores de viajar más de 18 horas en automóvil durante dos días se fueron al olvido, nuestros ojos, pegados a la ventana se asombraban de la majestuosidad e inmensidad de algo que queríamos ver hace más de nueve años. El color se confundía entre un dorado del sol que se reflejaba sobre las interminables olas que se formaban en las playas del departamento del Magdalena, y un azul rey que daba importancia y poderío proporcional a su tamaño. Fue el silencio lo que nos delató. Las sonrisas en nuestros rostros, puedo recordar, eran imborrables, casi fijas, como estatuas hechas contra el tiempo y la vejez, lo que habíamos buscado por cientos de kilómetros lo teníamos a tan solo unos pocos metros.
Otro año escolar y la meta era lograrlo de nuevo, un  comportamiento académico  ejemplar durante más de nueve meses, se verían remunerados en Playa Blanca quizá, posiblemente en el momento en que la arena, lo cristalino del agua y la piel se juntan dando tanta felicidad al corazón, o preferiblemente festejando la víspera de año nuevo frente al mar y doce faroles hechos de arena y bolsas de papel y una brisa que más que sonidos lo que lleva son sueños y sonrisas. 
El cuerpo al igual que el tiempo fue aumentando su área, muchos amigos llegaron, amores y desamores, como todo, un día deduje, la perfección es la combinación de vocales y consonantes más difícil de alcanzar, hay momentos en que pienso que sí es posible de lograr; la vida te cambia gracias a las personas, no hay necesidad de decir nombres específicos, creo que ella cuando lea esto lo sabrá, se reirá y habré cumplido con parte de mi objetivo también; demostrar que el auge de la vida es como un viaje, pasamos la niñez preparándonos para vivirla, luego, llega ese momento tan esperado y el trayecto comienza, y al final solo valen los recuerdos para revivir cada instante de la travesía, a la que he llamado vida.
Mi vida se compone por dos fuentes de inspiración, lo que me rodea, y lo que conozco. Al despertar diariamente, deseo que todo trayecto que realice se vea desde una perspectiva de viaje, de intriga, de aventura y de observación minuciosa. Al final del día, cuando cae el sol y renace la luna, lo único que me sobran son suspiros de agotamiento, de felicidad y quizá de ilusión. No deseo hacer que la vida parezca fácil, lo único que quiero es hacer que la vida sea un viaje, y que éste viaje sea mi vida atada a la tuya y a éste camino.

 Camilo Andrés Panqueva Ramírez