El
verde de los árboles que iban al contrario de la dirección de mi auto era más
esperanzador que nunca. Creo que no hubo
ningún tipo de problema, el hecho de que nuestro trayecto se hiciera en
automóvil, es más, considero que los viajes por tierra deberían ser los únicos
considerados como paseos. Porque es la naturaleza lo que extrae todas las cosas
malas de ti, y las convierte en lo más mínimo e insignificante que podría dar
vueltas por tu cabeza. Desde la noche previa a la salida, mis viajes comienzan.
Todo inicia con una seria e impredecible cantidad de efluvios de alegría y
ansias, el hecho de que el viaje sea todo un hecho, y no haya discusión alguna
de su realización, es lo que da pie para que sea un emotivo momento en mi vida.
¿Ridículo? No lo creo, es un alma de niño que sigue siendo constante en muchas
cosas, y que una de ellas es aprender a disfrutar un viaje.
Corría
quizá el año 1992, y las dificultades de una posible pérdida del bebé eran más
grandes. El médico obstetra era quien más dudoso estaba, y hacía
recomendaciones a la Señora Nelly Ramírez, quien esperaba a su segundo hijo. El
papá del posible y futuro segundo varón de la familia, Danilo Panqueva,
aguardaba fuera de la sala de preparación para partos. La clínica La Magdalena recibió a este par de
esposos con la esperanza de que su segundo fruto naciera sano y sin ningún tipo
de inconveniente.
Era
medio día pasado ya, los dolores de las contracciones no se hicieron esperar,
el día había llegado, un jueves 19 de marzo, después de un grandioso esfuerzo
por parte de Nelly, con más de hora y media de trabajo de parto, siendo la 4:00
pm, Camilo Andrés Panqueva Ramírez nació, bajo el signo de piscis, el día de
San José. Así es, nací yo, en una familia promedio de Bogotá, con esfuerzos,
temores, y mucho amor. El nombre estuvo un poco “embolatado” dirían por ahí. Mi
abuelo materno, José Antonio Ramírez Aguilar, insistió hasta el cansancio que
mi nombre estuviera compuesto por el nombre José, obviamente por ser santoral
el 19 de marzo, lucha que fue en vano pues gano la fuerza revolucionaria de un
Camilo Torres que había tenido auge enormemente desde los 40’s hasta los 70’s y
que seguía siendo uno de los personajes más importantes en la historia moderna
colombiana.
A
la sala de reposo y recuperación, en la que se encontraba exhausta y agotada
Nelly, mi madre, llegó un pequeño de apenas cuatro años y unos cuantos meses,
enojado, preocupado y muy prevenido, sus causas yacían en el momento en que
desde la sala de espera, mientras Mamá sufría dándome a luz, escucho de ella
misma infinidad de gritos que evocaba constantemente, él decía que yo la había
hecho sufrir y gritar y por esa razón, aunque por cierta que fuera, no me
quería ver. Llevaba tan pocos minutos de estar viviendo en el planeta y mi
hermano no quería ni verme.
Tal
vez la etapa de rechazo que Diego, mi hermano, había tomado contra mí, había
sido opacada por la actitud de hermano mayor que ahora ejercía con superior
fuerza que antes. Las peleas que tanto se proyectan en Hollywood, entre
hermanos, había sido más que una simple película, recuerdo hoy, pues era tan
inevitable que por cosas simples, él y yo, termináramos agarrados,
ofendiéndonos y finalmente llevando la ira a los golpes.
-Qué
insensibles éramos- me dije a mi mismo justo en el momento en que él tomaba
sus pesadas maletas, y tomaba un nuevo rumbo a su nueva vida. El frío de la
madrugada no ayudaba en lo más mínimo, ya era Julio del 2009, y un avión
esperaba por él y por cientos de personas más que abordarían a las 6:08am el vuelo TA 130, que lo llevaría a la ciudad más europea en
Latinoamérica: Buenos Aires. Y de pronto, todos los recuerdos de odio y de iras
se fueron al traste de la basura, y se hundieron en un profundo deseo de
angustia. Mi hermano mayor se iba de la casa, y eso volcó parte de mi vida,
giró la vida de muchas personas, mis padres derrotados en la batalla donde sus
hijos quieren vivir y ellos les abren paso para que alcen vuelo, pero que
internamente lo impedirían a toda costa si pudieran, y por supuesto, derrotado
yo también; No todos los viajes me han dejado satisfecho, quizá éste y otro
viaje más, han sido más taciturnos que esperanzadores –¿Cómo negarle una lágrima a un hermano que se va?-
De
pronto, me vi, recorriendo ciudades, pueblos, y paisajes, incontables
kilómetros, miles de recuerdos, más de 900 fotografías, cientos de personas a
mi lado y un solo fin, viajar.
El
mar se hizo notar, la carretera a lo lejos producía un efecto visual sobre el
pavimento, lo que popularmente conocemos como espejismo o la simulación de un oasis,
la tarde ardía a unos 39 grados centígrados, el sol hacía de las suyas sobre
cualquier superficie que no estuviera bajo la sombra, una casa humilde al
costado izquierdo de la carretera desvió mi mirada, y mientras observaba esa
morada de pocos metros, las voces de mi madre Nelly, y mi papá Danilo, se
dedicaban a avisarnos que frente a nosotros se encontraba lo que tanto
deseábamos conocer, el mar. Los dolores de viajar más de 18 horas en automóvil
durante dos días se fueron al olvido, nuestros ojos, pegados a la ventana se
asombraban de la majestuosidad e inmensidad de algo que queríamos ver hace más
de nueve años. El color se confundía entre un dorado del sol que se reflejaba
sobre las interminables olas que se formaban en las playas del departamento del
Magdalena, y un azul rey que daba importancia y poderío proporcional a su
tamaño. Fue el silencio lo que nos delató. Las sonrisas en nuestros rostros,
puedo recordar, eran imborrables, casi fijas, como estatuas hechas contra el tiempo
y la vejez, lo que habíamos buscado por cientos de kilómetros lo teníamos a tan
solo unos pocos metros.
Otro
año escolar y la meta era lograrlo de nuevo, un
comportamiento académico ejemplar
durante más de nueve meses, se verían remunerados en Playa Blanca quizá,
posiblemente en el momento en que la arena, lo cristalino del agua y la piel se
juntan dando tanta felicidad al corazón, o preferiblemente festejando la
víspera de año nuevo frente al mar y doce faroles hechos de arena y bolsas de
papel y una brisa que más que sonidos lo que lleva son sueños y sonrisas.
El
cuerpo al igual que el tiempo fue aumentando su área, muchos amigos llegaron,
amores y desamores, como todo, un día deduje, la perfección es la combinación de vocales y consonantes más difícil de
alcanzar, hay momentos en que pienso que sí es posible de lograr; la vida
te cambia gracias a las personas, no hay necesidad de decir nombres
específicos, creo que ella cuando lea esto lo sabrá, se reirá y habré cumplido
con parte de mi objetivo también; demostrar que el auge de la vida es como un
viaje, pasamos la niñez preparándonos para vivirla, luego, llega ese momento
tan esperado y el trayecto comienza, y al final solo valen los recuerdos para
revivir cada instante de la travesía, a la que he llamado vida.
Mi
vida se compone por dos fuentes de
inspiración, lo que me rodea, y lo que conozco. Al despertar diariamente, deseo
que todo trayecto que realice se vea desde una perspectiva de viaje, de
intriga, de aventura y de observación minuciosa. Al final del día, cuando cae
el sol y renace la luna, lo único que me sobran son suspiros de agotamiento, de
felicidad y quizá de ilusión. No deseo hacer que la vida parezca fácil, lo
único que quiero es hacer que la vida sea un viaje, y que éste viaje sea mi
vida atada a la tuya y a éste camino.
Camilo Andrés Panqueva Ramírez