Me hallaba sentado dentro de un bus un sábado cualquiera, uno de esos en que el tráfico es ligero, solitario, y al parecer inerte. El sol golpeaba mi cara a través de una ventana ordinaria y sucia, quizá eran marcas de babas de un bebé o un inocente durmiente que cabecea y cabecea de trayecto en trayecto.
Fue un viaje bastante incómodo; no por lo lleno que llegaba a estar el bus, sino por dos motivos en especial: el primero era gracias al conductor o conductor en proceso, que parecía llevaba una camada de pollos, de aquí para allá y viceversa; el segundo motivo era que al igual que en casi todos los buses, mis delgadas y prolongadas piernas, que ayudan a completar mis ciento ochenta y dos centímetros de altura, no cabían en esa reducida y desaseada área de 50 o 60 centímetros cuadrados, por mucho.
Era un mal viaje definitivamente. El bus se detuvo. El motor revolucionado, mientras esperaba un eterno semáforo, simulaba tener las propiedades necesarias para participar en una competencia de velocidad o algo así creería el busetero. Entrecerré mi libro de Kafka. Giré la mirada hacia la derecha y estaba ahí: en la acera, un hombre de tez blanca, algo percudida; de ojos diáfanos y mirada entornada al cansancio, seguramente por la edad, unos 65 o 70 años. Su camisa de cuello, que presuntamente hace tiempo fue de un color blanco puro, ese sábado se tornaba amarilla, por la luz natural, el uso y el vasto mugre que emana de esta ciudad, a la que a simple vista no pertenecía este hombre. El pantalón que usaba, de un tono gris ratón, se abombaba en sus muslos, pues de las rodillas hacia abajo, sus piernas se encontraban cubiertas por un par de botas negras, altas y de caucho. Sí, esas que popularmente son llamadas "pantaneras". Lo confirmé, no era de por acá.
De repente, en una decisión sucinta, se lanzó a través del asfalto, se veía en su cara un gesto de agitación con cada paso, brinco y salto que daba en esos inútiles segundos; sus piernas parecían de atleta, o simplemente, quizás, habilidosas por el diario andar en el campo educando potros, alimentando marranos y esquivando minas. Anduvo por mucho, 3 metros. Tres malditos metros y seis estúpidos pasos que fueron en vano, al ser cerrada de manera infame la puerta del bus. Negándole a éste la oportunidad de subirse al medio de transporte y de hacerse oír con su historia, ya fuera falsa o cierta. Al cerrarse esta puerta, se cerraron oportunidades, se cerró una historia, se cerró la tolerancia y se abrió una serie innumerable de blasfemias, insultos y miradas que cargaban ira, tristeza e impotencia. El hombre de edad, regresó a su lugar inicial, el andén, y lo único legible en su boca era una lluvia de perversas ofensas. Su mirada se desviaba al cielo, posiblemente renegando a Dios sobre su precaria situación; bajaba nuevamente sus ojos hasta llegar al interior del bus; y sus labios seguían insultando al conductor, promulgando deseos indescifrables, deseos que solo él pudo llegar a conocer.
Es menester decir que su rostro se tornó iracundo, irreflexivo y hasta endemoniado. Había fuego en sus ojos. Pero más allá de aquella penosa situación, estaba su vida pasada, su memoria, que era y es desconocida para mí; quizá una familia con hambre, o de esos numerosos hogares desplazados por la violencia que llegan a Bogotá, o de pronto, un hombre viudo, un huérfano o un hombre, exactamente, un simple hombre. Detrás de esa desgarradora escena de pobreza, inequidad, lejanía, maltrato y cansancio, reflejada en el rostro del viejo de arrugas pronunciadas, estaba eso de lo que está cargado este país de puros intentos fallidos, de puras equivocaciones y lamentaciones, estaba ahí: mí, su y nuestro fracaso.