Un día, de esos en los que el frío de madrugada despierta, me urgía ir al baño. Fue al salir de ese lugar el momento preciso en que la sentí por segunda vez.
Ya nos habíamos tropezado por el año 1997, creo, y el encuentro fue más confuso que cualquier otro recuerdo que tengo; tanto que aún no sé si las imágenes que recreo mentalmente fueron ciertas o producto de mi imaginación. En ese año tuve que aceptarla de un solo tajo, no me dio tiempo al menos para reaccionar: estuvo allí, atacó y se fue.
Ahora que vuelvo al recuerdo de la alborada, quiero contar que allí también su ataque fue imprevisto, y por lo que he visto y vivido, he comprendido o me ha hecho comprender, que es así como ella trabaja. Aparece de repente, cuando menos te imaginas, y vuelve a atacar.
Estas letras que escribo son de desprecio; nunca me he había visto tan rodeado de ella, tan sofocado por su presencia. Es por esto que me propongo en estas líneas a reducirla, a manipularla y sobre todo a engañarla. Sé que fracasaré, que al final saldrá ella victoriosa momentáneamente, y se mostrará cínicamente oronda.
Muchos me dicen que de ella se aprende, se logra valorar lo que uno tiene, y, sobre todo,que a través de ella se crece. Seguramente tienen razón, y lo digo porque al parecer también ha funcionado conmigo. Sin embargo, sea cual sea su enseñanza, la aborrezco, profundamente por cierto.
Ella es esa sensación de pérdida como cuando un primo bravucón te quita tus juguetes. Como cuando te alardean los mejores tenis, la mejor ‘tele’, el mejor auto, la mejor universidad que tu no tienes. Ella es la misma que te quita inocencia, te amarra al planeta, te amordaza y te deja inmóvil. Inútil. Ella es quien más sufrimiento te causa, quien más impotencia enciende en ti. Incluso, te deja tan débil que la única fuerza que te deja es la que te mantiene en pie. Solo empuñas tus manos y hasta ahí. Desearías gritar y que se desgarre tu voz hasta que saques todo el rencor que ella, la inmune, te dejó dentro. Pides explicaciones. Sientes tanta ira, tanto dolor, que hasta serías capaz de enfrentarla. Pero todavía allí, acabarías derrotado vilmente. Esa misma, te deja solo fechas en el calendario de tu vida, te regala imágenes de recuerdos que quedan en eso: recuerdos. Te arrebata de las manos la vida. Te va acabando día tras día. Te consume. Pasas tus días creyendo que la estás venciendo, cuando en realidad es ella quien te está invadiendo. Es ella, la muerte quien después de todo te vence. Y es justo allí, seguramente el momento en que entenderás que ella es poco lo que importa, que lo que realmente vale es la vida y con quien la compartas. Hola muerte, soy yo quien tiene los juguetes y disfruto de ellos.