Luego de varios meses, muchos por cierto, de abandonar este espacio, decidí volver a él para contar algo que quizás muchos no conocen.
Faltando pocos minutos para las 5:00 p.m. salí de mi trabajo, como suelo hacer cada día hábil. Caminé sobre la carrera séptima hacia la calle 72 mientras veía cómo buses de TransMilenio, conocidos como 'duales', iban y venían, subiendo y dejando personas de parada en parada. De algunos de ellos, casi colgaban hombres y mujeres vestidos de traje y sastre, saliendo al igual que yo de una jornada laboral.
Después de hacer una diligencia quedé libre para ir a mi casa, pero los buses seguían yendo y viniendo cargados de gente, de maletas, de cansancio. Así que decidí acercarme a la 73 con carrera novena, mientras conversaba por celular. Un grupo de seis hombres, cada uno de ellos con chaqueta impermeable y manos en los bolsillos, se hallaba en el costado oriental de la calle mientras entre ellos hablaban y movían su cabeza de lado a lado. Se acercaban personas, preguntaban una o dos cosas y cruzaban la calle después de una corta y disimulada respuesta de uno de los de chaqueta
.
Comprendí que se trataba de las tradicionales rutas blancas que normalmente transportan niños y jóvenes desde y hacia sus colegios, pero que en esta ocasión movilizaban trabajadores hacia sus hogares en cierta zona de la ciudad.
Me acerqué al hombre, le indiqué "Modelia", a lo que replicó "La 523". Se giró y siguió hablando con sus secuaces.
Crucé, vi que efectivamente la 523 era una ruta blanca, se subieron dos mujeres, ingresé al vehículo y me senté. La camioneta se llenó y justo antes de cerra la puerta corrediza lateral salió corriendo uno de los 6 mientras decía "¡hágale, hágale, arranque, arranque!". La ruta arrancó mientras la puerta seguía cerrándose. Todos, quienes íbamos al interior del vehículo, creo que sentimos adrenalina, miedo, pero a la vez comodidad. Al parecer en ese momento se estaba acercando un agente de policía de tránsito.
Si algo puedo decir de ese viaje hasta mi casa es que valió la pena. Valió la pena pagar $3.500 pesos, ir sentado, no ser empujado ni halado por nadie. La ruta que tomó el conductor fue rápida, libre de tráfico y bastante prudente. Tardé la mitad del tiempo que normalmente gasto en ese mismo trayecto.
A propósito de la polémica que se ha generado en los últimos meses sobre la legalidad o no de Uber, la agresividad y pasividad de muchos taxistas, no todos, y la precaria movilidad que tiene hoy en día la ciudad es que surgen nuevas formas de transportarse cómodamente, como esta que usé y que me pareció muy efectiva.