lunes, 23 de diciembre de 2013

Carta al Niño Dios

La política colombiana y todo el enjambre de relaciones que la teje, merecen al igual que todos los ciudadanos de este país, una navidad muy regalada. Y no me refiero a la variación criolla que se entiende por regalar, como entregar Panamá a principios del siglo pasado por unos 'dolaritos', o tener que trabajar más de 12  horas continuas por un salario mínimo que tiene que alcanzar para el mes. No. Hablo de regalos, obsequios, presentes, detallitos, 'maricaditas', pero no dádivas.

En esta ocasión quiero empezar haciendo la lista de los regalos que serían muy útiles para nuestra (re)forzada clase política colombiana, la misma que hace debates durante horas en el Congreso, la que siempre asiste para completar el quorum, la que no monta micos, ni orangutanes: la reforma al fuero penal militar y la ley de protección social para las prostitutas colombianas, respectivamente. También darles su Noche Buena a las principales personalidades políticas del país que fueron figura durante el 2013. A continuación los más regalados:

Juan Fernando Cristo: para este ilustre senador liberal, el regalo ideal es un antigripal para ese tráfico de 'influencias' que le está causando muchos mareos y dolores de cabeza en los estrados judiciales.

A Roy Barreras el niño Dios le podría traer una Biblia, para que logre entender qué es un pacto y quiénes son los cristianos, por aquello del cambiazo de votos para rechazar el matrimonio igualitario por votos en plenas elecciones pasadas del Senado. También un cinturón de castidad político, para ver si reduce su lagarto oportunismo.

Al presidente Santos, más base, no bases. Tanto levantamiento social lo está desvelando y necesita una maquilladita, de esas que él mismo sabe hacer.

Al fiscal Montealegre y a la contralora Morelli, una cita con un consejero matrimonial. 'Sacar los trapitos al sol' de la opinión, les está deteriorando la buena imagen que tienen.

Ni hablar del procurador Ordóñez, para él, "todo lo que quiera pedir", lo pedirá por los méritos de la infancia de Jesús, y fijo, nada le será negado. Ni siquiera el último fallo que emitió. Desde el año pasado está pidiendo cambio de alcalde en Bogotá...

Al sufrido y ultrajado Gustavo Petro, segundo al mando del país, 'le caería como anillo al dedo', o mejor aun, 'como papeleta al comicio', un empujoncito de la ciudadanía, algo así como más de 650 mil votos a favor.

Al profesor y ex alcalde Antánas Mockus, una cita al psicólogo, porque el exceso de indecisión está emburullando su futuro y el de varios partidos políticos. Un CD de la banda El Símbolo con su éxito 'Nunca te decides' para pasar Navidad.

Y por último, para cerrar con broche de oro: la ex canditada presidencial y exsecuestrada por la guerrilla colombiana, la colombo francesa Ingrid Betancourt. Sí, la misma que después de rescatada en la exitosa Operación Jaque llevada a cabo por las Fuerzas Militares, demandó al Estado por la módica suma de 13.000 millones de pesos. La mujer que este año tuvo la valentía de anunciar su precandidatura a las elecciones presidenciales que se avecinan para el 2014. A ella, le serviría una máscara para que pueda ocultar su rostro y no sentir la vergüenza de haber demandado a su propio país por haberla liberado de su secuestro en la selva.

Esperemos que el Niño Dios, Papá Noel, la Constitución o los mismos colombianos les demos alguno de estos pequeños 'detallitos' que tanta falta les hace a nuestros políticos ejemplares. Por lo pronto, nosotros, los ciudadanos de este Estado tan rico pedimos la anhelada paz, un servicio de salud digno al cual no nos toque rogarle para que nos atiendan y nos den los medicamentos a precios accesibles, una justicia de verdad, a la cual no le dé miedo castigar a los burócratas y eliminar el clientelismo judicial, el pago a testigos falsos y el llamado 'carrusel de las audiencias', que exista una igualdad de servicios públicos de primera necesidad que cubra todo el país. Lo anterior, más las peticiones que cada uno de los colombianos queremos que sean cumplidas, no como regalos navideños, sino como justos y merecidos Derechos.






martes, 17 de diciembre de 2013

Súbase y le cuento

Desde que los españoles se encontraron con las Indias equivocadas (América), y 'amansaron' nuestra tradición autóctona con espejos, lengua y armas, los americanos hemos sido víctimas de varias modalidades de 'modernismos' y artefactos que van inutilizando al ser humano, y lo va convirtiendo en extensiones de máquinas. Pasamos de cocinar en recipientes de barro a los costosísimos sartenes antiadherentes alemanes, dejamos de usar 'bestias' (no hablo de políticos ni congresistas porque esos siguen vigentes) para andar en tranvías, locomotoras, automóviles y buses.

Una de las tradiciones europeas más 'colombianizadas' es el bus. A Medellín llegó este vehículo y se transformó en el bus escalera o más conocido como la 'Chiva'. Con colores y nombres únicos: la Consentida, la Gomela bacacana, la Rumbera, la Criollita, entre otros. Pero de lo que hoy les voy a hablar es de otro bus, del contemporáneo.

Que levante la mano quien no haya tenido que subirse a un bus que apeste a 'diablo', que se vaya a sentar y la silla se le caiga o en su defecto se le resbale. Que la ventana no le abra en pleno sol bogotano de medio día o que no le cierre en medio de un aguacero del 'Cielo roto'. Que se suba o al menos eso intente, mientras en hora pico tiene que sostenerse de las manijas de afuera y quede colgando como anunciante de flota intermunicipal, con maleta o bolso incluido. ¿Seré el único que ha tenido que soportar a la niña de 6 u 8 años que entre carrera y carrera aromatiza el bus con lo que le sigue a las náuseas? ¿Seré el único al que el señor conductor le queda debiendo 50, 100 o hasta 1000 pesos? ¿Somos los colombianos contorsionistas por naturaleza que mientras atravesamos el vehículo desde la registradora hasta la puerta de salida, exhibimos nuestras habilidades circenses? O es que ¿a nadie le ha tocado tomar un bus con rapero, llanero, vallenato o rockero de 50 años a bordo que sigue cantando Mi historia entre tus dedos de Gianluca Grinani o en su defecto Lamento Boliviano de los Enanitos Verdes?

Cosa que me moleste al subirme a un medio de transporte público bogotano son las emisoras que el conductor sintoniza para amenizar el viaje o mejor conocido como 'La carrera del centavo'. Nada más insoportable que tratar de leer un libro allí y tener de fondo los chistes flojos de Chirivico y Piter Albeiro. Sé que cada quien tiene el derecho a hacer uso del radio como mejor le parezca, pero hay un límite entre el volumen normal y el ruido desesperante de William Vinasco anunciando los Aguinaldos.

Nada más irritante que tener que ceder el puesto, por obligación, en especial cuando no se está sentado sobre una silla azul. ¡Benditas sillas azules! O tener que aguantar olores fétidos de segundas personas. Existen cosas odiosas y: recibir los empujones de estudiantes con sus maletas de 60 centímetros de largo, ancho, alto y fondo, o los inconfundibles ladrones maestros del 'cosquilleo'. Me molestan tantas cosas de nuestro servicio de transporte...

Esta retahíla la cuento porque sé que en algún momento de su vida ha tenido que soportar al menos una de estas situaciones, o varias, o todas en un mismo viaje. Y es desesperante tener que vivirlas, aun más cuando tiene que andar por este medio todos los santos días, ya sea en Transmilenio, buseta, bus, ejecutivo, corriente o colectivo. Y es algo que no tiene que vivir, a menos que sea una persona pudiente que logre andar en taxi o automóvil toda la vida y no haya tenido que tomar un bus nunca, o que adquiera un cambio en su vida y modifique su rutina busetera por los 'esos de los buses azules' como los llaman, o se decida a rodar por Bogotá en bicicleta. Nada difícil, ¿no?

A pesar de todas las arbitrariedades que cometemos los ciudadanos contra más ciudadanos metidos en un mismo bus, este medio de transporte es mi preferido en tierra. Nada como ver pasar la gente, las tiendas, los vendedores ambulantes, los abuelos y sus bastones; nada como moverse por la ciudad y ver lo numerosos y diferentes que somos. Nada como ver pasar Bogotá a través de la ventana, y usted haciendo parte de esta ciudad, siendo cachaco, costeño, boyacense, llanero o paisa. Nada como Bogotá y sentirse bogotano. Por eso insisto, cambiemos de hábitos y verá cómo viajamos de rico.

sábado, 16 de noviembre de 2013

Vencer



Un día, de esos en los que el frío de madrugada despierta, me urgía ir al baño. Fue al salir de ese lugar el momento preciso en que la sentí por segunda vez.


Ya nos habíamos tropezado por el año 1997, creo, y el encuentro fue más confuso que cualquier otro recuerdo que tengo; tanto que aún no sé si las imágenes que recreo mentalmente fueron ciertas o producto de mi imaginación. En ese año tuve que aceptarla de un solo tajo, no me dio tiempo al menos para reaccionar: estuvo allí, atacó y se fue.


Ahora que vuelvo al recuerdo de la alborada, quiero contar que allí también su ataque fue imprevisto, y por lo que he visto y vivido, he comprendido o me ha hecho comprender,  que es así como ella trabaja. Aparece de repente, cuando menos te imaginas, y vuelve a atacar.


Estas letras que escribo son de desprecio; nunca me he había visto tan rodeado de ella, tan sofocado por su presencia. Es por esto que me propongo en estas líneas a reducirla, a manipularla y sobre todo a engañarla. Sé que fracasaré, que al final saldrá ella victoriosa momentáneamente, y se mostrará cínicamente oronda.

Muchos me dicen que de ella se aprende, se logra valorar lo que uno tiene, y, sobre todo,que a través de ella se crece. Seguramente tienen razón, y lo digo porque al parecer también ha funcionado conmigo. Sin embargo, sea cual sea su enseñanza, la aborrezco, profundamente por cierto.

Ella es esa sensación de pérdida como cuando un primo bravucón te quita tus juguetes. Como cuando te alardean los mejores tenis, la mejor ‘tele’, el mejor auto, la mejor universidad que tu no tienes. Ella es la misma que te quita inocencia, te amarra al planeta, te amordaza y te deja inmóvil. Inútil. Ella es quien más sufrimiento te causa, quien más impotencia enciende en ti. Incluso, te deja tan débil que la única fuerza que te deja es la que te mantiene en pie. Solo empuñas tus manos y hasta ahí. Desearías gritar y que se desgarre tu voz hasta que saques todo el rencor que ella, la inmune, te dejó dentro. Pides explicaciones. Sientes tanta ira, tanto dolor, que hasta serías capaz de enfrentarla. Pero todavía allí, acabarías derrotado vilmente. Esa misma, te deja solo fechas en el calendario de tu vida, te regala imágenes de recuerdos que quedan en eso: recuerdos. Te arrebata de las manos la vida. Te va acabando día tras día. Te consume. Pasas tus días creyendo que la estás venciendo, cuando en realidad es ella quien te está invadiendo. Es ella, la muerte quien después de todo te vence. Y es justo allí, seguramente el momento en que entenderás que ella es poco lo que importa, que lo que realmente vale es la vida y con quien la compartas. Hola muerte, soy yo quien tiene los juguetes y disfruto de ellos.

sábado, 27 de abril de 2013

Colombianos: 'bananeros' por excelencia

Hoy que estamos en plena celebración de la Feria Internacional del Libro de Bogotá, mientras cruzaba en un bus frente a Corferias, me surgió una duda bastante seria y amplia: ¿Somos, los colombianos, "vitrineros", o, dicho en otras palabras, "bananeros"? Y la duda no se enfoca en si somos grandes productores de banano o si tenemos fama de ser reconocidos constructores de vitrinas. No. El interrogante nació cuando vi esa prolongada fila para ingresar a la versión número 26 de esta importante reunión de lectores internacionales y criollos.

Los colombianos, según estudios del DANE (Departamento Administrativo Nacional de Estadística) y FEDESARROLLO (Fundación para la Educación Superior y el Desarrollo), leen por año entre 1.6 y 2.4 libros por año. Es en serio.

Otro dato es que la reunión  anual (FILBO) que tiene como sede Bogotá, reúne más o menos 410.000 visitantes, 400 invitados nacionales e internacionales y más de 4.500 compradores acreditados.

Esto, lo único a lo que me lleva, es a entender que a  nosotros, como en muchos casos, nos gusta salir, "vitrinear" (bananear), provocarnos,  y no comprar nada. Porque entonces: ¿qué está pasando con los cientos de miles de asistentes que van a los pabellones de Corferias dedicados a la reconocida feria? ¿Ninguno de ellos va con el ánimo de adquirir un libro, dos y en casos hasta 3? o ¿es que todavía tenemos en la cabeza ese dicho en el que juzgamos un libro por su portada?

Muchas podrían ser las respuestas: porque no hay dinero, porque hay tanto por escoger que es casi imposible seleccionar un solo tomo, porque aún no termino de leer el libro que tengo en la biblioteca de mi casa, porque no tengo biblioteca, porque me duele la cabeza, porque me da sueño, porque soy un tradicionalista que no gusta de la nueva literatura, porque sí, porque no, porque no sé.

Lo cierto es que no leemos, y es triste reconocerlo. Tampoco quiero ser el típico mamerto que encasilla a las personas de acuerdo al número de libros leídos en un año. Aunque utilice datos al respecto, los muestro como justificación de nuestra pereza. Sí, pura y física pereza. No juzgo, no catalogo, simplemente sé que no leemos; me incluyo, lo incluyo y punto. Es más, seguramente son pocos los que tuvieron las agallas para leer esto, ¡son unos campeones! Pero de lo que sí estoy seguro es que si no leemos, es porque nos gusta dejar las cosas a medias, como los diálogos de paz, los procesos judiciales, y hasta ...

domingo, 17 de marzo de 2013

El fracaso

Me hallaba sentado dentro de un bus un sábado cualquiera, uno de esos en que el tráfico es ligero, solitario, y al parecer inerte. El sol golpeaba mi cara a través de una ventana ordinaria y sucia, quizá eran marcas de babas de un bebé o un inocente durmiente que cabecea y cabecea de trayecto en trayecto.
Fue un viaje bastante incómodo; no por lo lleno que llegaba a estar el bus, sino por dos motivos en especial: el primero era gracias al conductor o conductor en proceso, que parecía llevaba una camada de pollos, de aquí para allá y viceversa; el segundo motivo era que al igual que en casi todos los buses, mis delgadas y prolongadas piernas, que ayudan a completar mis ciento ochenta y dos centímetros de altura, no cabían en esa reducida y desaseada área de 50 o 60 centímetros cuadrados, por mucho.
Era un mal viaje definitivamente. El bus se detuvo. El motor revolucionado, mientras esperaba un eterno semáforo, simulaba tener las propiedades necesarias para participar en una competencia de velocidad o algo así creería el busetero. Entrecerré mi libro de Kafka. Giré la mirada hacia la derecha y estaba ahí: en la acera, un hombre de tez blanca, algo percudida; de ojos diáfanos y mirada entornada al cansancio, seguramente por la edad, unos 65 o 70 años. Su camisa de cuello, que presuntamente hace tiempo fue de un color blanco puro, ese sábado se tornaba amarilla, por la luz natural, el uso y el vasto mugre que emana de esta ciudad, a la que a simple vista no pertenecía este hombre. El pantalón que usaba, de un tono gris ratón, se abombaba en sus muslos, pues de las rodillas hacia abajo, sus piernas se encontraban cubiertas por un par de botas negras, altas y de caucho. Sí, esas que popularmente son llamadas "pantaneras". Lo confirmé, no era de por acá.
De repente, en una decisión sucinta, se lanzó a través del asfalto, se veía en su cara un gesto de agitación con cada paso, brinco y salto que daba en esos inútiles segundos; sus piernas parecían de atleta, o simplemente, quizás, habilidosas por el diario andar en el campo educando potros, alimentando marranos y esquivando minas. Anduvo por mucho, 3 metros. Tres malditos metros y seis estúpidos pasos que fueron en vano, al ser cerrada de manera infame la puerta del bus. Negándole a éste la oportunidad de subirse al medio de transporte y de hacerse oír con su historia, ya fuera falsa o cierta. Al cerrarse esta puerta, se cerraron oportunidades, se cerró una historia, se cerró la tolerancia y se abrió una serie innumerable de blasfemias, insultos y miradas que cargaban ira, tristeza e impotencia. El hombre de edad, regresó a su lugar inicial, el andén, y lo único legible en su boca era una lluvia de perversas ofensas. Su mirada se desviaba al cielo, posiblemente renegando a Dios sobre su precaria situación; bajaba nuevamente sus ojos hasta llegar al interior del bus; y sus labios seguían insultando al conductor, promulgando deseos indescifrables, deseos que solo él pudo llegar a conocer.
 Es menester decir que su rostro se tornó iracundo, irreflexivo y hasta endemoniado. Había fuego en sus ojos. Pero más allá de aquella penosa situación, estaba su vida pasada, su memoria, que era y es desconocida para mí; quizá una familia con hambre, o de esos numerosos hogares desplazados por la violencia que llegan a Bogotá, o de pronto, un hombre viudo, un huérfano o un hombre, exactamente, un simple hombre. Detrás de esa desgarradora escena de pobreza, inequidad, lejanía, maltrato y cansancio, reflejada en el rostro del viejo de arrugas pronunciadas, estaba eso de lo que está cargado este país de puros intentos fallidos, de puras equivocaciones y lamentaciones, estaba ahí: mí, su y nuestro fracaso.