martes, 17 de diciembre de 2013

Súbase y le cuento

Desde que los españoles se encontraron con las Indias equivocadas (América), y 'amansaron' nuestra tradición autóctona con espejos, lengua y armas, los americanos hemos sido víctimas de varias modalidades de 'modernismos' y artefactos que van inutilizando al ser humano, y lo va convirtiendo en extensiones de máquinas. Pasamos de cocinar en recipientes de barro a los costosísimos sartenes antiadherentes alemanes, dejamos de usar 'bestias' (no hablo de políticos ni congresistas porque esos siguen vigentes) para andar en tranvías, locomotoras, automóviles y buses.

Una de las tradiciones europeas más 'colombianizadas' es el bus. A Medellín llegó este vehículo y se transformó en el bus escalera o más conocido como la 'Chiva'. Con colores y nombres únicos: la Consentida, la Gomela bacacana, la Rumbera, la Criollita, entre otros. Pero de lo que hoy les voy a hablar es de otro bus, del contemporáneo.

Que levante la mano quien no haya tenido que subirse a un bus que apeste a 'diablo', que se vaya a sentar y la silla se le caiga o en su defecto se le resbale. Que la ventana no le abra en pleno sol bogotano de medio día o que no le cierre en medio de un aguacero del 'Cielo roto'. Que se suba o al menos eso intente, mientras en hora pico tiene que sostenerse de las manijas de afuera y quede colgando como anunciante de flota intermunicipal, con maleta o bolso incluido. ¿Seré el único que ha tenido que soportar a la niña de 6 u 8 años que entre carrera y carrera aromatiza el bus con lo que le sigue a las náuseas? ¿Seré el único al que el señor conductor le queda debiendo 50, 100 o hasta 1000 pesos? ¿Somos los colombianos contorsionistas por naturaleza que mientras atravesamos el vehículo desde la registradora hasta la puerta de salida, exhibimos nuestras habilidades circenses? O es que ¿a nadie le ha tocado tomar un bus con rapero, llanero, vallenato o rockero de 50 años a bordo que sigue cantando Mi historia entre tus dedos de Gianluca Grinani o en su defecto Lamento Boliviano de los Enanitos Verdes?

Cosa que me moleste al subirme a un medio de transporte público bogotano son las emisoras que el conductor sintoniza para amenizar el viaje o mejor conocido como 'La carrera del centavo'. Nada más insoportable que tratar de leer un libro allí y tener de fondo los chistes flojos de Chirivico y Piter Albeiro. Sé que cada quien tiene el derecho a hacer uso del radio como mejor le parezca, pero hay un límite entre el volumen normal y el ruido desesperante de William Vinasco anunciando los Aguinaldos.

Nada más irritante que tener que ceder el puesto, por obligación, en especial cuando no se está sentado sobre una silla azul. ¡Benditas sillas azules! O tener que aguantar olores fétidos de segundas personas. Existen cosas odiosas y: recibir los empujones de estudiantes con sus maletas de 60 centímetros de largo, ancho, alto y fondo, o los inconfundibles ladrones maestros del 'cosquilleo'. Me molestan tantas cosas de nuestro servicio de transporte...

Esta retahíla la cuento porque sé que en algún momento de su vida ha tenido que soportar al menos una de estas situaciones, o varias, o todas en un mismo viaje. Y es desesperante tener que vivirlas, aun más cuando tiene que andar por este medio todos los santos días, ya sea en Transmilenio, buseta, bus, ejecutivo, corriente o colectivo. Y es algo que no tiene que vivir, a menos que sea una persona pudiente que logre andar en taxi o automóvil toda la vida y no haya tenido que tomar un bus nunca, o que adquiera un cambio en su vida y modifique su rutina busetera por los 'esos de los buses azules' como los llaman, o se decida a rodar por Bogotá en bicicleta. Nada difícil, ¿no?

A pesar de todas las arbitrariedades que cometemos los ciudadanos contra más ciudadanos metidos en un mismo bus, este medio de transporte es mi preferido en tierra. Nada como ver pasar la gente, las tiendas, los vendedores ambulantes, los abuelos y sus bastones; nada como moverse por la ciudad y ver lo numerosos y diferentes que somos. Nada como ver pasar Bogotá a través de la ventana, y usted haciendo parte de esta ciudad, siendo cachaco, costeño, boyacense, llanero o paisa. Nada como Bogotá y sentirse bogotano. Por eso insisto, cambiemos de hábitos y verá cómo viajamos de rico.

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