lunes, 17 de febrero de 2014

De los trámites y otros demonios del 87'

Si El Espectador no hubiese sido juicioso con su labor periodística desde el momento en que fue creado, seguramente, hubiera sido una Colombia diferente, una Colombia condescendiente, aun más burlada. Incluso, los colombianos hubiéramos sido simple asistentes a un show político, militar, paramilitar y narcotraficante que hubiera dejado más víctimas de las que ya dejó.


Para nadie es secreto que una de las épocas de la violencia más recientes en nuestro país fue aquella que azotó a los colombianos a lo largo de los años 80; momento en que se dinamitó el país y se vendió la institucionalidad por miles de dólares en favor de hombres sedientos de poder. Ya “sabe a cacho” que nos recuerden que quien dirigía los más de 2 millones de kilómetros cuadrados de territorio colombiano era el temible Pablo Emilio Escobar Gaviria, cuyo primo-hermano: José Obdulio Gaviria ha sido un acérrimo y fiel seguidor del uribismo. El mismo (Pablo Escobar) que atentó contra el, en su momento, ministro del Interior: Rodrigo Lara Bonilla, el director de El Espectador: don Guillermo Cano Isaza, el dirigente liberal Luis Carlos Galán Sarmiento y algo más de 10 mil personas, por quienes pagaba sumas millonarias por sus cabezas caídas. ¿Qué más contexto que este infierno ambientado por la droga, prostitutas, sicariato y politiquería?


Recientemente tomé una edición de El Espectador del 31 de diciembre de 1987, víspera del nuevo año, en donde el diario declarado liberal lanzó un sablazo al presidente de la República 1986-1990, Virgilio Barco, en el que cuestionaba el tiquete de libertad otorgado a uno de los capos del Cartel de Medellín más importantes: Jorge Luis Ochoa Vásquez, coautor intelectual de los crímenes ya mencionados y quien de sería en 1989 uno de los que organizó el atentado del vuelo 203 Bogotá-Cali de Avianca que cobró la vida de 110 personas. La primera página titulaba: “¡Qué vergüenza señor presidente!” a modo de despedida y dejando un sinsabor del año que ya se iba.


Y cómo no criticar al gobierno de turno si es que dejó en libertad a uno de los jefes máximos del cartel más grande en la historia mundial del narcotráfico, tal como pasa hoy con los militares juzgados por falsos positivos y quienes purgan penas en cárceles-hoteles resort y viajes al exterior con todas las comodidades y lujos. Cómo no criticar a un Ministerio de trabajo que dejaba en esa fecha una incertidumbre sobre cuánto sería el salario mínimo del siguiente año (1988), mientras unos ofrecían aumentar cierto porcentaje, los otros (las centrales obreras) pedían que se aumentara más. Ni tan diferente a lo que hoy nos toca vivir y pelear con el MinHacienda, Mintrabajo y la ANDI (Asociación Nacional de Empresarios) por subir miserables 26.527 pesos.
Leyendo dicha gaceta del 87’, me encontré con una sorpresa similar a la que este año sacó canas a miles de colombianos: el trámite del cambio de licencia de conducción. En ese momento, los colombianos tenían que llevar los documentos para realizar el trámite al DATT (Departamento Administrativo de Tránsito y Transporte) ubicado únicamente en el sector de Álamos, en Bogotá, y de allí éstos eran trasladados al INTRA (Instituto Nacional de Tránsito y Transporte) para que a los 5 días les entregaran las licencias, y de no llegar a cumplirse, se armara un caos como el que vivimos desde diciembre del 2013 hasta enero de este año con el mismo trámite. Era llevar los papeles “de Guatemala a Guatepeor”.


¿Cómo era posible que millones de ciudadanos colombianos tuvieran que diligenciar su licencia de conducción exclusivamente en Bogotá? Tal y como pasó recientemente en el departamento de San Andrés y Providencia donde los isleños debían viajar hasta Cartagena, Barranquilla o incluso Bogotá para realizar el mismo inútil trámite.


Esta experiencia me deja un sabor amargo de un país en donde las obligaciones que tenía un gobierno eran recordadas (a gritos) por los medios de comunicación y periodistas para que fueran cumplidas. Es increíble que pasen los años y sigamos peleando por algo que nos corresponde. Es casi irritable que debamos hacer fila hasta para entrar a un baño público. ¿Acaso seguimos viviendo en el siglo pasado? Este análisis se resumen en que:  es casi como leer noticias de este año pero con la diferencia de que hoy somos más colombianos y son más los trámites que burocráticamente nos achacan y pasivamente recibimos. Vivimos en el país de la sagrada tramitología.

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