Hoy ha sido uno de los días más cruciales de nuestras vidas desde que nos conocimos. Hoy después de casi seis años de estar cerca, nos distanciamos. Sé que no es fácil para ninguno de ustedes; de hecho para mí tampoco lo es. Hoy dejan que tome otro rumbo, y ustedes, por su lado, empiezan uno nuevo también, uno grato y largo.
Para mí fue muy agradable haberlos encontrado en esta carretera llamada «vida», nunca me imaginé haber recorrido tantos kilómetros de la «mano» de ustedes, o mejor aun, del «pie» de ustedes. Como aquella vez que salimos los cinco, —Nora, el mono, los (2) niños y yo—, rumbo a la costa Caribe colombiana..."ni una gripa"—diría el mayor de la casa—, cuando arribamos Santa Marta. O aquellas veces que nos escapábamos de la rutina y tráfico bogotanos, y nos íbamos para el Tolima y Cundinamarca a calentarnos un rato. También hubo tiempo para el frío, recorriendo la vasta naturaleza y aire puro que caracteriza al departamento de Boyacá. Todo fue lindo.
Cómo me gustaba salir todas las mañanas a las cinco, seis o siete de la mañana para llevarte al trabajo, a ti, papá. Cómo fuimos uno solo en las angostas vías, arterias y avenidas de esta ciudad. Cómo evitamos tráfico, policías y, de vez en cuando, uno que otro semáforo. Cómo corríamos para llegar a tiempo; tú tomando café, yo tomando gasolina.
No puedo negar que simulé un par de veces enfermar. A veces me desajustaba y por mi gusto de andar, no le prestaba mucha atención y seguía rodando. También es grato, para mí, recordar que en varios momentos fuimos seis, con Luna, y hasta hace poco también con León, y que muchas veces fuimos, siete, ocho, o nueve andando...
Como todo en el mundo y en la vida envejece, a mí me sucede lo mismo. Hoy, luego de muchos, muchísimos kilómetros con ustedes debo reconocer que no soy el mismo de hace unos años, que hay dolores que me aquejan, que sufro de taquicardia en mi acelerador y que algo dentro, muy dentro, de mí que no anda bien. Como ven también he enfermado. Perdón por tantas veces que los dejé tirados en medio del desespero y la ira, pero es que... pero es que de verdad que no podía más.
Solo quiero agradecerles por tantas andanzas y aventuras juntos, por tantas lavadas merecidas, por tantas salidas y por tantas «llenadas de tanque», siempre supieron cómo llenar mi vida, y espero que yo haya podido llenar un poquito la vida de cada uno de ustedes. Hoy más que nunca quiero aceptar, como bien lo saben, que no fueron, ni serán, mi único dueño y que tampoco fui el primero en sus vidas; pero lo que más importa es que durante todo este trayecto ustedes fueron mi motor, mis cuatro llantas, porque sin ustedes sencillamente no hubiera sido sino un auto más. Gracias por dejarme ser parte de su familia, ser un Panqueva Ramírez, ser uno de los suyos. Gracias infinitas por recorrer conmigo este lindo periplo.
Yo:
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| El Astra |

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